Soy una chica que se renueva cada fin de semana. No tengo escamas, ni me envuelvo en una crisálida, solamente la piel muerta que se cae de mi cuerpo para convertirse en polvo.
Pero mis ojos, mis ojos se transforman. No cambian de color o forma, mi miopía se queda intacta, puede decirse que no pasa nada, son pequeños destellos cuando miro al vacío.
Es difícil notarlo, cuando cambias estas en presente pero sólo en el futuro, mirando al pasado puedes notar aquellos detalles que antes no te caracterizaban.
Esto me sucede cada semana, me encuentro un domingo, descubriendo que no me saben igual las cosas: el orgasmo ya no se libera a gritos, que el bailar no necesita música, una carcajada nace con más dificultad, el olfato se hace selecto, el alcohol te va cansando, los excesos te exceden, las caras amigables se reducen aunque muchas nuevas aparezcan,la sorpresa se hace sorprendente, los recuerdos se aglomeran, empujándose para siempre ser recordados, el deseo se hace más fuerte entre menos lo obtengas, la soledad te hace más pesado el cuerpo, te das cuenta de que el tiempo pasa más rápido y los miedos al futuro se hacen tangibles.
Lo que me gustaría cambiar es justo lo que es inmutable, un molde del cual no puedo escapar; un molde impenetrable, creado a la medida el cual tiene forma de las letra de mi nombre y el fondo es mi pasado.
Todo esto el domingo pasado no lo sabia. Mi conciencia se cansa de tanto cambiar, estoy aferrada a no perderme, cayendo en una negación que me termina cambiando por completo, perdiendo así, el camino recorrido, quizás más atrás. El cuerpo se va pudriendo hasta reconstruirse en un ser diferido con mis nombres y apellidos.
Y ya puedo identificar otro cambio, por que le tengo miedo a que llegue otro domingo
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sábado, 12 de mayo de 2012
viernes, 28 de octubre de 2011
Nunca.
He visto muchas vaginas, ellas vienen y se postran ante mí, abren sus piernas sin siquiera insinuarme, quizás habrá muchos y muchas que me envidien.
Tuve mujeres: altas, morenas, delgadas, sin cintura, con piernas flácidas, rubias, con labios carnosos, con estrías, con varices, con moretones, tatuadas, velludas etc. Cada una con su encanto, cada una con preocupaciones. Sus vaginas revelaban más de lo que ellas quisieran admitir, cavernas individuales, húmedas, labiosas, algunas con lunares, con perforaciones, otras desarropas por un laser, la mayoría con una corona de vello que enmarcaba su lindo sexo.
La mayoría muestran vergüenza, se niegan a ser vistas tan descaradamente, yo les doy confianza y con manos cálidas les separo las piernas, me limpio con esmero, porque estaré dentro.
Hubo pocas experiencias malas; olores mezclados con mugre, sexos invadidos por los hongos, hinchados por el dolor, amoratados y sangrantes, pasadas relaciones violentas, quizás futuras. Cuando la caverna se abre, mi nariz recibía un golpe: feromonas la envuelven, piel oscurecida por la delicia, un aroma acido que recuerda que adentro hay más.
Nunca me imaginaría como lesbiana.
A lo largo de mi vida, hubo varias mujeres que me atrajeron, muchas, pero jamás me plantee y menos ahora.
Lo bueno no dura, al final la vista se cansa y las manos se vuelven rasposas entre tanta humedad. El olor que emanan ya me es indiferente… termino solo siendo labios grises y olor a pescado.
lunes, 1 de agosto de 2011
Hola, me llamo _____.
No soy blanca, ni afrodescendiente, ni indígena o asiática, podría entrar en la categoría de mestiza. No creo en el islam o budismo, aunque crecí en un seno católico, Dios me vale un pito. Los cristianos me dan dolor de cabeza y otras sectas, me dan miedo.
No le voy al América o a las chivas, ver a once jugadores persiguiendo a un balón no produce en mi gran euforia. Tampoco el baloncesto ni una carrera de cien metros; aunque disfruto las carreras en hielo, ese mover de glúteos me hipnotiza.
Me aburren las películas de acción y las de terror me da risa; los melodramas pueden hacerme enternecer y si hay mucha violencia, no puedo cerrar los ojos. Si estoy en mi casa, no me gustan que las películas tengan comerciales y en el cine extraño el medio tiempo.
A veces trago, como si no hubiera un mañana: odio el pimiento, el apio y la pancita. Por lo único que voy a algunas reuniones familiares, es por la comida ¿Algunas? Hay olores que me recuerdan a mi infancia, como el de quemado, mi hermana hacía al principio mal de comer. El pan puede ser mi perdición o la única opción de alimentación en una casa desprovista de más comida.
No me agrada limpiar mi casa, pero hasta yo tengo un límite en el caos. No me baño, a menos que salga y si de mí dependiera, no me cepillaría el cabello. Me obsesiono con las manos limpias y con la suavidad de las mismas, quizás no sean muy hábiles, pero acariciarlas con mis labios, podría ser mi peor obsesión.
Detesto las matemáticas, pero el número 8 es mi preferido. Quisiera entender el tiempo, pero no medirlo. Tengo alma de humanista, pero estomago de científico. Las ingenierías me son inútiles, aunque sé que sin ellas no viviría llena de comodidades.
La música me llena, pero no se ni un maldito acorde, a veces pienso mi vida como una ópera, la gorda aun no sale a cantar, que siga la función.
No me gusta el sexo tan explicito, pero creo ser sádica, el dolor puede llevarme a encontrar un placer extraño, me llena ver el dolor de mi pareja, no excesos claro. No discrimino entre hombre o mujer, pero si lo hago ya en los detalles de cada persona. El orgasmo entra de muchas maneras, aun busco el que sea en espiral.
No soy moralista o eso intento al menos, no sé bailar, no me gustan los antros, ni el ruido excesivo, no canto bien, no pinto bien y escribir, sé que puedo hacerlo mejor.
No soy alcohólica, pero me encanta el tabaco, no soy flexible, pero puedo moverme lo suficiente; no soy corrupta, pero digo muchas mentiras.
Me han amado, pero ahora me pregunto si yo un día lo haré.
No sé quién soy, pero sé que no soy.
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