Soy una chica que se renueva cada fin de semana. No tengo escamas, ni me envuelvo en una crisálida, solamente la piel muerta que se cae de mi cuerpo para convertirse en polvo.
Pero mis ojos, mis ojos se transforman. No cambian de color o forma, mi miopía se queda intacta, puede decirse que no pasa nada, son pequeños destellos cuando miro al vacío.
Es difícil notarlo, cuando cambias estas en presente pero sólo en el futuro, mirando al pasado puedes notar aquellos detalles que antes no te caracterizaban.
Esto me sucede cada semana, me encuentro un domingo, descubriendo que no me saben igual las cosas: el orgasmo ya no se libera a gritos, que el bailar no necesita música, una carcajada nace con más dificultad, el olfato se hace selecto, el alcohol te va cansando, los excesos te exceden, las caras amigables se reducen aunque muchas nuevas aparezcan,la sorpresa se hace sorprendente, los recuerdos se aglomeran, empujándose para siempre ser recordados, el deseo se hace más fuerte entre menos lo obtengas, la soledad te hace más pesado el cuerpo, te das cuenta de que el tiempo pasa más rápido y los miedos al futuro se hacen tangibles.
Lo que me gustaría cambiar es justo lo que es inmutable, un molde del cual no puedo escapar; un molde impenetrable, creado a la medida el cual tiene forma de las letra de mi nombre y el fondo es mi pasado.
Todo esto el domingo pasado no lo sabia. Mi conciencia se cansa de tanto cambiar, estoy aferrada a no perderme, cayendo en una negación que me termina cambiando por completo, perdiendo así, el camino recorrido, quizás más atrás. El cuerpo se va pudriendo hasta reconstruirse en un ser diferido con mis nombres y apellidos.
Y ya puedo identificar otro cambio, por que le tengo miedo a que llegue otro domingo
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sábado, 12 de mayo de 2012
domingo, 21 de agosto de 2011
El cuarto de un cualquiera
Vivo en un gran cubo lleno de polvo, diría que es blanco pero la pintura ya está algo gastada. Unas grandes cortinas cubren el quemante sol, aunque al calor le es fácil entrar.
La cama es individual, pero pueden entrar perfectamente dos cuerpos, odio tender la cama y en las épocas de calor me duermo con una ligera sabana sobre la cama tendida. Duermo poco y solo de noche, muy de noche. En las tardes me ayuda a pensar estar acostada, mirando al techo moteado, jugueteando con las manchas extrañas que hay en mi retina.
Me gusta tener varias almohadas: para leer, para dormir, para abrazar, para taparme del sol y no despertarme hasta entrado el día. No cambio muy seguido las sabanas, es más por flojera que por suciedad. Tengo dos colchones uno muy duro, el otro es extremadamente suave; solos no sirven más que para que se queden por lo menos cuatro amigos en las pachangas que suelo hacer en mi casa, pero juntos esos dos colchones hacen la cama perfecta. Tengo un sillón-cama, según para poder leer más a gusto, pero siempre termino durmiéndome.
Usualmente me tardo en dormir, no importa cuántas ovejas cuente, siempre término más despierta, por que las sabanas de pronto me pican, escucho los ruidos de la calle o mi subconsciente crea ruidos, sombras, temores y ansiedades contenidas en el frasco de lo cotidiano se destapa y las dispara llenando el cuarto. Ya no sé si es real, o en un momento pasare a una pesadilla espantosa. Siempre estoy demasiado despierta para descansar y muy dormida para responder o disfrutar.
Mi cama se encuentra pegada a la puerta y siempre hay la suficiente luz para despertarme, pero esta la solución en voltearme a la segura y oscura pared; amo dormir de lado y justo en medio de mi cama.
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