Mostrando entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas

lunes, 5 de septiembre de 2011

Triple siete (parte 1)

Entre pasillos bien alumbrados, pisos alfombrados con formas geométricas de color rojo en fondo beige, ante la puerta de mi habitación frente al número doscientos quince, donde el dorado había perdido brillo, ahí, saque el arma.
Hace dos semanas agarre mi destartalado automóvil, en dirección a… algún lugar. Empaque botellas de alcohol, cerca de veinticinco cajetillas de cigarrillos, dos cajas de aspirinas y una sombrilla, quizás llueva.
Manejaba borracho, dormía entre vomito, mi cuerpo temblaba cada mañana, en el quinto día aparque el armatoste en una fonda de paso, una camarera grasosa con mucho maquillaje se acerco con una sonrisa llena de asco, antes de atenderme, me advirtió que no recibiría la orden hasta demostrarle que tenia capital para consumir, de mi billetera tire un cien al adoquinado…
Toda la comida me supo a vomito rancio, pero el café logro despertarme, sin darme cuenta hablaba con un hombre, o bueno, el hablaba conmigo.
Mis dedos sostenían un tabaco, el humo lastimaba mis ojos, pero solo así, podía mantenerme sentado sin vomitar. Quería irme, el hombre balbuceaba, su aliento era peor que el mío, vestía un traje barato color verde, era viejo, había varías manchas en su pantalón,  este le quedaba tan zancón que podía ver sus calcetines negros con rombos blancos, llevaba una camisa amarillenta y una cruz de plata alrededor de su cuello; unas grandes entradas intentando ocultarse tras cabello prestado, su gran papada se columpiaba al final de cada frase. No prestaba cuidado a lo que hablaba, pero gozaba observar la mancha oscura en su incisivo izquierdo, pasado algún tiempo, cerró la boca, sentí su mirada esperando una respuesta a una pregunta sorda.
-¿Qué dices mano?
-Ammmm…- Me sentía tan desubicado, preste tan poca atención, que apenas reconocí el tono de su voz, asentí dudoso con la cabeza.
-Vientos, ¿Salimos ahora? Nos iremos en mi camioneta, deja tu chatarra o no te dejaran entrar, me llamo Gastón, ¿Tu eres?...
Me siguió hasta el auto, ayudo con mi maleta, antes de dejar las llaves puestas revise minuciosamente entre la suciedad: encontré varias monedas, fotografías rotas, botellas, latas, tres destapadores y dos encendedores, abrí el maletero, saque mi Walther 22 y una pequeña maleta, con todos mis papeles.
Gastón me esperaba, ya sentado en su silverado color plata, camine lento, justo con el sol saliendo a mi espalda, me di cuenta de que quizás lo que esté haciendo sea un error, pero  no tenía mejor lugar a donde ir, al menos el tiene un plan, al menos si muero, no será a manos de un completo desconocido.
El camino fue tortuoso, al menos para mí, la cruda se negaba a pasar, ni siquiera después de media caja de aspirinas, Gastón encendió la radio y no dejo de cantar country, me conto que vivió quince años en Texas, se fue de mojado a los veintidós, dejando a su mujer en el estado de México con dos hijas, al llegar a los Estados Unidos, olvido por completo el poco amor que le tuvo, encontró fácilmente un trabajo, el cual le daba tiempo suficiente para embriagarse cuatro días a la semana, consiguió la nacionalidad casándose con “Linda” una señora viuda de los suburbios, estuvo con ella casi tres años, hasta que murió, gracias a esa relación tuvo varias amistades, con los que aun tiene contacto.
-Como te decía, vamos al casino de un amigo, está cerca de la frontera, falta poco, pero antes iremos a un motel, a que te des una ducha y compres algo de ropa, con esa pinta no pasaras del portón y a mí me pondrán en la lista negra por traer a alguien sin dinero -Gastón detuvo la camioneta y apago la radio, su mirada era dura… -por cierto, ¿Tienes efectivo?
-Sí, tengo algunos ahorros en mi maletín, los de toda mi vida.
Sin decir más estuvimos doce horas en carretera, nos quedamos en el motel “Quinta Inn”, pasamos ahí la noche, en la mañana buscamos una tienda de ropa; compre algunas playeras, calcetines, ropa interior y un pantalón de pana café. Hablamos poco, cuando preguntaba por mi historia, me limitaba decir – es largo de explicar-.
Estábamos cerca de la frontera, cuando le mencione que no contaba con visa, a lo cual Gastón soltó una gran carcajada, a los pocos metros se desvió hacia la izquierda, un camino que levantaba considerable cantidad de tierra, así durante una hora, a lo lejos se veía un edificio alargado color blanco, el sol le daba un brillo extraño, en medio del desierto, llegue a pensar que era un espejismo muy elaborado.
Casi en la entrada dos hombres nos impidieron el paso, Gastón mostro una tarjeta que tenía en el  maletero, preguntaron quien era yo, a lo que Gastón respondió - Un amigo, es de confianza-.
Entramos, después de un pequeño jardín estaba la recepción, Gastón pidió dos habitaciones “como las de siempre”, estaba algo confundido pero preferí dejarme llevar. Tenía la habitación doscientos quince, ahí el tipo del traje barato se separo de mí, antes de entrar al elevador me grito: -Nos vemos en el casino-, haciendo un ademan de despedida con la mano, sin siquiera verme.
Vi mi llave en la mesa de la recepción y aun botones con mi maleta. Ya en el segundo piso, había dos pasillos alargados, el botones me indico a la derecha, lo seguí  mientras observaba las imitaciones de pinturas famosas que estaban en las paredes, me hicieron entrar en recuerdos que intentaba evitar desde la semana pasada, lo cual me hizo chocar con el adolecente, vire mi rostro hacia la derecha y ahí estaba el número doscientos quince en letras doradas, introduje la llave, una brisa seca llego de golpe a mis pulmones.
Dormí casi todo el día, pase muchos días durmiendo en mi carcacha roja, la cama del motel era dura y de olores raros, después de tanto tiempo, pude dormir en una buena cama. No desperté hasta el día siguiente y no me levante más que para pedir  comida al cuarto en dos días más. En el tercero, a las seis estaba ya en la puerta del casino, con los bolsos llenos de cambio.

martes, 30 de agosto de 2011

Piel colgando


Las ganas que siento por hacerlo, justo en este momento, son insoportables. Desde el primer paso: escoger mi objeto de deseo, mi cuerpo me empuja, pidiendo saciar  las ganas que en ocasiones quema.
Son magníficos, son, son los indicados, me sudan las manos, mis ojos  no pueden creerlo, se ven bien en esa cafetería, ¡Dios! Me tiembla la boca, quisiera acercarme, poder oler de cerca la perfección, bueno casi, les sobra algo… ¡JA, que importa!, eso es fácil de cambiar.
Eran radiantes, inocentes, pero enseñaban suficientes para hacerme  voltear, sus movimientos eran sugerentes, el contorno, el color de su piel aumentaban mis ansias, lo que más quería era tenerlos ante mí, tocarlos poco a poco, disfrutarlos sobre mi cama, recostarme entre  ellos, soñar que nunca se irían.
 Al salir me voy al De otro lado de la acera, los sigo a casa, no pensé caminar tanto, aunque el tiempo era ideal: el viento refrescaba mi rostro, había suficientes nubes para que el sol no cayera de forma brutal sobre mi cuerpo.
Cuarenta y cinco minutos después se detuvieron, frente a una casa descolorida, vieja, el número apenas se distinguía, algunas plantas invadieron las paredes, no digna para ese par. De tras de un “bochito” amarillo recargo mi cuerpo para admíralos, estáticos, mientras se abre la puerta, después de unos segundos entran sin sospechar que hay alguien, detrás de ellos que los esperaría, justo en ese lugar para poder poseerlos, arrancarlos… someterlos.
Al término de la cuarta semana, me sabía de memoria su rutina: la luz se prendía de lunes a viernes a las 5:45 de la mañana, se abría la puerta a las 6:30 puntual, viajaban en automóvil, en dirección a unas oficinas del centro, donde estaban ocho horas y media, los martes iban al supermercado, los miércoles se reunían en un restaurante con otros, los jueves sin falta corrían al banco para cobrar, los viernes llegaban tarde a casa, tambaleándose, en zigzag, chocaban contra el piso y se quedan frente a la puerta de su casa, lastimando su piel. Esos días eran los más difíciles, algunas lágrimas se escapaban, quería ayudarlos, pero en esos momentos no era posible acercarme tanto a ellos. Los fines de semana no salían, la casa estaba vacía y silenciosa, oportuna.
A los tres días de vivir en al intemperie logre rentar la casa de enfrente,  mude algunas de mis cosas, lo básico para vivir, compre unos binoculares y un buen sillón que coloque en la ventana del segundo piso. Ya iniciada la segunda semana mis suministros financieros dejaron de existir, tuve que ir de nuevo a trabajar y solo los fines de semana estaban por completo dedicados a observarlos.
En el transcurso de la tercera semana decidí que era necesario un cambio, necesitaba que fueran míos por fin, era lo justo,tenía que planear como entrar a la casa. No parecía difícil, los domingos eran descuidados, dejaban la puerta abierta, me gustaba pensar que lo hacían apropósito, me lanzaban una invitación tímida, sé que me miraban todos los días, antes de subirse al auto, los martes entre los pasillos blancos y lustrosos del supermercado pasaba cerca de ellos, me reconocían, sienten lo mismo por mí, pero la vergüenza que tanto me atraía les impedía acercarse. Les facilitaría las cosas.
Tarde bastante, quería asegurarme de que cuando decidiera entrar, estarían cómodos, bajo ninguna distracción, que pudieran recibirme y consumar el deseo que hay entre nosotros, llevarlos  a nuestro hogar donde les daría todo, en donde hay más seres hermosos como ellos, no estarían más sometidos a mediocridades de la clase común, serían felices…conmigo.

Eran la doce de la mañana, un domingo frío, pero que el sol prometía calentar a lo largo de su jornada. Salí de la casa rentada, camine por el jardín seco de tonos amarillentos, mi corazón estaba demasiado alerta, mis ojos no apartaban la vista de aquella puerta entre abierta, no puse atención alo claxon que de manera violenta intentaba decir –quítate - pero no podía, quería alargar ese momento de excitación, entre cada paso, imaginaba que haría primero al tenerlos frente a mi; besarlos, en las puntas de su cuerpo, lamer sus curvas, sentir con las yemas cada parte oculta.
Ya frente a la casa, con la mano izquierda en la perilla, me paralice. Los nervios bullían por mi organismo, sentía un leve hormigueo en mis labios, mi lengua y mi tráquea, mi cerebro me repetía que debía tener  cautela, en las casi seis semanas que estuve observando, sabía que en esta calle mucha gente pasa y sospecharían de alguien parado en la puerta por tanto tiempo ¡Vamos, reacciona! Estuve así  por largos minutos, con una batalla interna, hasta que un ruido dentro de la casa me empuja a mover la mano, sostener con fuerza la perilla y empujar rápidamente, aumentando el rechinido de la puerta  hecha de madera vieja y húmeda.
Como supuse desde el principio, la casa era ordinaria, cada espacio, cada mueble, cada cuadro reflejaban la nada de una sociedad parasitaria y brutal, me dio asco  el panorama, olía a comida enlatada, a rosas semi-marchitas, un dulzor que lleno mi sistema. Busque rápido las escaleras, intente no tocar nada y respirar poco, después del rescate, tomaré una ducha.
Por la posición del foco que se alumbraba todos las mañanas, sabía perfectamente cuál era el cuarto que tenía que abrir, la luz que entraba por la ventana, salía tenuemente por  el espacio entre la puerta y el piso, sabía que ahí estaban, esperándome.
Entrar a ese cuarto, fue un fuerte golpe a todo lo que pensaba civilizado, zapatos por todo el piso, arrumbados en las esquinas, llenos de polvo, tierra, excremento canino en la suela. Por momentos sentí ganas de desmayarme, pero la furia borro ese sentimiento, baje a la cocina, rápidamente busque un limpiador, subí de nuevo y con una de las sabanas arrugadas de la cama me dispuse a limpiar cada zapato, tenis, botas, huarache o chancla de baño que encontré, el limpiador se acabo y las sabanas eran de tan mala calidad que rayaron algunos zapatos, quien durmiera aquí, era una bestia.
Comencé a ver la habitación, el color perla que tenían las paredes era ideal para colgar cada zapato en el lugar que merecían. Quite todos los cuadros, fui de par en par o de uno en uno, los que estaban rotos los deje en el piso alineados a la puesta de sol. Busque  martillo y clavos, moví todos los muebles al centro de la habitación, abrí las ventanas para que la realidad pudiera envidiar mi creación.
Sostuve por segunda vez cada uno, los observe con detenimiento, amarre sus agujetas, busque arriba, abajo, izquierda o derecha, hasta poder encontrar el sitio donde pudieran mostrar lo bello que pueden llegar a ser, olvide por varias horas la razón para pisar esa casa maloliente y banal, hasta que, dentro de los últimos pares, los encontré. Eran color negro, la lengüeta era brillosa al igual que la punta, la pala tenía un acabado de pequeños puntos y su collarín era de un color amoratado, estaban manchados y polveados, no me inquieto, con lo que tengo en casa se le quitara rápidamente, la entre suela era elegante, una ajustador cuadrado y plateado brillaba a un lado, contaba con un pequeño tacón, que le daba una altura perfecta, no eran pretensiosos. Busque la maleta que traje conmigo, la encontré en medio de las vulgares cosas de esa casa, la limpie con esmero, saque el metro de seda color escarlata, que había comprado desde la primer semana para aquel par que me embriagaba, en cada fantasía y que ahora se hacía realidad. Los tome, envolví y guarde con premura, no quería que estuvieran más en aquel lugar; antes de irme, saque mi cámara y tome fotos del techo, de cada pared y cuadro en el piso, al último una paronímica. Quizás no eran los mejores zapatos, quizás las paredes estaban perdido el brillo, pero la composición era por demás brillante.
Camine, con tranquilidad por la habitación, vi la hora en el reloj de la muñeca, aun tenía tiempo, pero comencé a sentir esa incomodidad inicial, ese mareo de olores nefastos, así que decidí salir. Ya en la calle apure el paso y después de unos kilómetros, decidí con mucho esfuerzo tomar un taxi, me sudaban las manos, hace más de cinco años que no tomaba uno, son sucios.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Crónica de un desmayo

Sentada, justo a la mitad del vagón, recargada en la puerta que no debería abrirse, leo la revista bimestral de arte que le llega a mi hermano y que a cualquier oportunidad robo por unas horas –tururu- gente sale –tururu- gente entra. Un hombre comienza el discurso – mire damita caballero, le traigo a la venta…- Distrae mi lectura, mis pensamientos comienzan a divagar entre la gente parada con aspecto de gigante a mi alrededor, me entretiene ver los tipos de zapatos que llevan e imagino a donde han ido con ellos.

Una sensación extraña cruza mi cuerpo y entre murmullos ajenos, mi boca expulsa la pregunta ¿En que estación bajo? –tururu- Ah, bajo en la siguiente, intento ponerme de pie pero el metro se detiene abruptamente haciéndeme caer sobre el chico a mi izquierda, entre ligeras risas y un disculpa camino hacia la puerta, mi reflejo se ve empañado por un “Banksy” escrito con cutter, alguien toca mi hombro - Disculpe, ¿baja a la siguiente?- doy un si con el rostro. Por fin salimos de la oscuridad para encontrarnos una gama de colores en movimiento que poco a poco comienzan a tomar forma humana, es hora de la faena de salida. Entre empujones y codazos algunas mujeres con niño en brazos hacen que mi frente toque el metal de la puerta, el metro por fin se detiene, silencio y – tururu- la cara de extraños llena mis ojos de golpe así como el aire no tan saturado llena mis pulmones acompañado con la brisa que entra  de las ventilas en el techo, la inercia ajena mueve mis pies en dirección ala salida.

El subir y bajar escaleras en el transborde hace que me imagine en un hormiguero, todos en marcha, todos pequeños. En la intersección de las dos estaciones se escucha una voz fuerte y cansada - ¡Grafico de a treees, tres pesoos!- después de unos segundos descubro a un pequeño hombre en overol azul y rojo con la mano derecha extendida hacia arriba mostrando el periódico en venta, antes de pasar al hombre de overol su boca se abre - ¡Grafico de a tres, tres pesos! Cruzamos miradas por un momento y el haciendo una mueca de tristeza gira para volver a gritar. Sigo mi camino recordando lo que olvide al salir de la casa y que hoy necesitaba con urgencia, - Rayos, un cigarro como me caería bien para calmar los nervios- pero aposte con Sandra una semana sin tabacos por un viernes de chelas gratis -¡Por que es martes!- Una voz alejada y cansada repetía – Grafico de a trees…-

Caminar, caminar y caminar. Por fin llego a la línea azul, el olor a wafles y mermelada despierta a mi estomago, me detengo a la mitad  doy media vuelta caminando hacia el extremo derecho del túnel espero dos, cinco, diez minutos y el metro aun no llega de ninguno de los dos lados, hay demasiada gente a mi alrededor, la chica a mi izquierda escucha una canción de los Beatles – She’s so heavy- susurro. Que condenada hambre tengo, no comeré hasta ver a mi papa en a las cinco de la tarde enfrente del Palacio de Bellas Artes, miro el reloj en mi muñeca, apenas las doce, muerdo mi labio busco un chicle para calmar el hambre, levanto la vista, del otro lado hay una niña de aproximadamente siente años que es regañada severamente por su madre ella me ve con los ojos llorosos le sonrió ella intenta responderme pero la madre le agarre el brazo con fuerza  arrastrándola, su llanto corta el silencio tan pesado algunos miran con compasión a la pequeña pero después de unos segundos, la compasión por uno mismo ensimisma a las personas. Tanta gente comienza a marearme asomo la cabeza para corroborar que unas pequeñas luces se vislumbran a lo lejos, el aire comienza a hacerse más ligero el tren se lleva el calor, el vértigo me hace cerrar los ojos una de mis pesadillas es caerme a las vías, respiro profundo la chica ami izquierda clava su codo en mi costilla -tururu- mis piernas vuelven a moverse por inercia hasta el fondo del vagón esta vez no puedo sentarme en el suelo, recargo mi peso sobre el tubo metálico suspiro,  siento muy caliente mi cuerpo y unos puntos brillantes llenan mis ojos, trato de distraerme imaginando como viviríamos si tuviéramos cola prensil como algunos monos, río en voz baja. Me siento muy cansada intento moverme con empujones hacia el centro del vagón, en donde no hay tanta gente, me sostengo muy fuerte, deseando una cola prensil para descansar mis brazos.

Cierro los ojos, deje de escuchar murmullos y suspiros de gente con prisa, hay un zumbido que proviene del lado derecho abro los ojos, estoy sola, demasiado sola el tren se ha dejado de mover, por las ventanas solo se ven ladrillos de color vino, la luz parpadea el vagón se ha tornado mas verde, su tamaño varia es como estar dentro de un corazón mi cuerpo suda, mis dientes chocan entre si, mis manos se sostienen de los tubos como si no quisieran caer, siento gente comprimiendo mi cuerpo pero estoy sola, absurdamente sola, jadeo, los puntos brillantes regresan a mis ojos, llenan la pantalla haciendo de un tono opaco todo lo que veía, quiero gritar pero me siento tan rígida…-Tururu, tururu, TURURU- no cesa  es cada vez mas fuerte, de mis oídos siento salir un liquido espeso, es mi cerebro, es mi alma que se derrite  escapa de este cuerpo inmóvil y enfermo, de pronto siento mi cuerpo muy pesado mis dedos se van rompiendo dejándome caer, caigo tan lento, giro mi rostro el hombre de overol azul y rojo esta  enfrente de mi aun con la mano extendida gesticula pero no lo escucho, siento su tristeza parece no notarme, le miro, mi cuerpo es cada vez mas pesado el liquido de mis oídos cae como ríos sobre el piso manchándolo de anaranjado,-Tururu, tururu- volteo abruptamente hacia el vendedor de periódicos solo que ahora es mi padre el que esta enfrente con ese overol y la mano extendida, los oídos me duelen como si salieran vidrios rotos abro la boca, se abren las puertas del vagón los ladrillos comienzan a caer ahogando a mi padre en tonalidades vino, de mi boca salen violines y bombones tocando una melodía conocida… she's so heavy





domingo, 31 de octubre de 2010

No lo entenderás?

Aquí estoy, pensando en una nada repleta de cosas algunas importantes y otras que entretienen mi ser sin espacio. Canto "Sin pensarlo, si mueres tu... no muero jamas" moviendo la cabeza mis brazos se mueven en eses interminables, de mi boca repite lo que mis oídos creen escuchar.
Observo la pantalla, vuelvo, titubeo ante el mail que debo escribir, quiero seguir en trance "seguirás sin luz, en este lugar, tu voz dirá que siempre sera, fatal pensar lo que nos falto, mirar atrás... no perviertas".
Aun me siento mareado por el día anterior, aprendí una dura lección: nunca combines vodka, tequila y ron. Tengo que pedirle perdón.
Entre las cortinas ya veo la luz de un día que viene a tragar mi tiempo, no he podido dormir y por lo menos en 6 horas mas aun no podre, los sonidos de la ciudad noviva que despiertan para destruirse... de nuevo  me llama para reunirme con ellos, tomare una ducha necesito cantar aun mas y que el eco de mi voz me rebote, mirarme al espejo desnudo y volver a pensar que ese soy yo.
Sigo aquí en la cama con la pantalla totalmente en blanco, quemando mis corneas, otro día sin poder escribirte, sospecho que otro día sin dormir o comer, sin salir de aquí. La calle cae en silencio, también me esperan.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Un horrible sueño

¡Bum!, provenía de atrás, gente gritando, caos, un tiron…


-Suelta mi mano sepárate de mí, ¡Olivia corre!


Rubén en el suelo, una mancha roja en su hombro izquierdo sus ojos gritaban miedo, entre groserías jale su peso hacia un callejón – SUELTAME!-. Trate de limpiar lo que emanaba de su herida, lloraba pensando en que pronto nos encontrarían. Nunca vi la puerta, hasta que dos chicos me empujaron hacia ella y otros 3 cargaron a Rubén, estábamos en una tienda, había un grupo de gente, muchos con heridas, olía a perfume…
Lo dejaron en una esquina en el suelo, respirando cada vez mas golpeado y lento lo tome por la espalda – Rubén, Rubén, RESPONDE- escuche murmullos - shhh, si no te callas, los sacamos-. Percibí como su piel era mas fría sus movimientos rígidos, lo sacudí y el solo me miraba, su ojos se volvían gelatina, de su boca salían sonidos ahogados, sentía la sangre en mi cara, la unica palabra que escuche fue un raspado perdón, le cayeron algunas lagrimas en su playera entre tierra y sangre aun estaban esas palabras subversivas, levante la vista al techo, salio un quejido no se si de el o de mi.


Muchos golpes me arrancaron el llanto, sentí un miedo tan intenso que mi piel parecía la de un gato apunto de brincar, mire hacia la cortina metálica, muchos pies tapaban la luz que entraba abajo, mas golpes y gritos, pedían entrar, mire a mi alrededor pero nadie se movía solo miraban hacia abajo, una chica de grandes lentes y peinado asimétrico clavo su mirada y dijo – Ellos o nosotros- asintió el grupo a mi alrededor, abrace mas a eso que estaba dejando de ser mi amigo sentí sus latidos pesados, pero aun fuertes, le dije que lo amaba, que se pondría bien, aun faltaba mucho y no podía dejarme. Faltaba ver a sus hijos mimados por mi, nuestras maestrias, faltaba contar nuestras canas hablando de nuestras ilusiones y de cómo la juventud de ahora era apática y sin sentido, enojarnos cuando nos digan señor ,justificar nuestro peso, envejecer, el logro sonreír, sus dientes manchados de rojo y su aliento a carne muerta llevo a mi cuerpo a un golpe eléctrico, lo único que sentía en mis piernas era un frío intenso. 


El miedo ataco mi razón me dio un ataque de asma como nunca tuve en mi vida, temblaba, salían palabras sin terminar, me ahogaba, trate de calmarme Rubén temblaba al verme, sentí la mano pesada de alguien, una mujer me golpeo solo vi su vientre, mi cara caliente e hinchada, ella se sentó a mi costado derecho como un padre vigilando que su hijo terminara la tarea.


Aun había gente intentando entrar, un grito de mando dio un silencio tan pesado como el gas que entraba por abajo de la cortina, mas gente gritaba, veía como se empujaban, disparos de una ametralladora inauguraron los ruidos de muchas mas armas que dirigían sus bocas hacia nosotros protegí con mi cuerpo a Rubén quien había dejado de moverse, pero no de respirar, escuche como las balas rebotaban por el cuarto, vi morir a la chica de peinado asimétrico por una bala, justo en medio de los ojos, su cuerpo callo, aun me miraba y vi como la vida se le escapaba por la boca, afuera se escucho la retirada marcial silencio, frío… quien diría, que moriría primero.





martes, 21 de septiembre de 2010

Titulo pendiente (Fragmento)

Por que subo esto, para que me regañen si mi gramática es pésima si mi historia es pobre o si tengo algo de futuro =D si se chakalean el fragmento aun que sea pongan mi blog xD


I
Se levanto de ese encuentro tan pasajero, que el orgasmo se le resbalaba.
Busco entre los gritos sus pantalones, lo beso para terminar el acto. Reencontró su  realidad y  cerro la puerta.
Saco un cigarrillo para limpiar su conciencia, observo un cartel mientras recordaba aun con un gemido ahogado en su garganta, el peso del extraño sobre su cuerpo y el ardor entre sus piernas.
Quiso volver y recuperar un poco de lo que se perdió en esa habitación un poco de sudor,  saliva y  pudor. Intento recordar quien era pero al mirar detrás, supo todas las habitaciones en las que tenia que buscar.
Rendida, se acostó en la banca más cercana y perderse en la inmensidad del imaginario.
II

Escuche como cerro la puerta, aun sentía la presión de sus labios y el rastro de saliva  evaporándose sobre mi carne por el sol que ya entraba entre las ventanas.
Dormite, desperté  boca abajo, sin cerrar los ojos me levante buscando rastros de su olor, tratando de activar el reciente pasado.
Mi memoria perdió sus caricias, el contoneo de sus caderas sobre mí, su ensordecedor rugido al encontrarnos y el contorno de sus senos.
Cansado de buscar algo que comer me senté sobre la única silla de aquel cuarto esperando que llegara a mí el único recuerdo que existe en mí consiente.
Todas las mujeres que busco son la reencarnación de aquella que fue la culpable de mi primera erección, provocada por mi mano inquieta de su cuerpo, resignada a un solo miembro vacío y puberto.

Comenten :D